Capítulo
Verso

Mateo 17:2

LBLA y se transfiguró delante de ellos; y su rostro resplandeció como el sol, y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.
NBLA Delante de ellos se transfiguró; y Su rostro resplandeció como el sol y Sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.
NVI Allí se transfiguró en presencia de ellos; su rostro resplandeció como el sol, y su ropa se volvió blanca como la luz.
RV1960 y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.
JBS Y se transfiguró delante de ellos; y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos fueron blancos como la luz.

¿Qué significa Mateo 17:2?

Esta simple oración describe uno de los eventos más asombrosos que ocurrieron en la vida de Pedro, Jacobo y Juan. Este momento confirmó con una luz deslumbrante lo que ya creían que era verdad: su maestro Jesús era el Hijo del Dios del cielo. La palabra "transfigurado" proviene de la palabra griega metamorphoō. Esta es la raíz de términos en español como metamorfosis y se traduce "transformado" en versículos como 2 Corintios 3:18.

Este momento también conecta a Jesús tanto con Moisés como con Elías, quienes aparecen durante los siguientes versículos. El rostro de Moisés también brillaba intensamente después de haber pasado un tiempo con Dios (Éxodo 34:29–30), pero ese brillo solo era el reflejo de la gloria de Dios. Jesús se transformó de adentro hacia afuera de la manera que realmente era antes de haber venido a la Tierra. Pedro, Jacobo y Juan pudieron ver a Jesús irradiando toda la divinidad que realmente poseía como el Hijo de Dios que era.

Las dos palabras que caracterizan la apariencia transfigurada de Jesús son "luz" y "blanco". Su rostro resplandecía como el sol, y Su ropa brillaba como una luz blanca. El relato de Marcos dice esto: "¡nadie en este mundo que los lavara podría dejarlos tan blancos!" (Marcos 9:3). Jesús literalmente se convirtió en una fuente de luz ante los ojos de los discípulos.

Los discípulos estaban presenciando nada menos que la gloria de Dios en la persona de Jesús. Este fue un momento que permanecería con ellos para siempre, uno que les confirmó sin lugar a duda la identidad de Jesús como el Hijo de Dios. Juan comenzará Su propio evangelio diciendo: "y la Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria (la gloria que corresponde al unigénito del Padre), llena de gracia y de verdad. (Juan 1:14). Pedro también testificará de ello en una de sus cartas: "pues cuando Él recibió de Dios Padre la honra y la gloria, desde la magnífica gloria le fue enviada una voz que decía: «éste es mi Hijo amado, en quien me complazco. Y nosotros oímos esa voz que venía del cielo, mientras estábamos con Él en el monte santo" (2 Pedro 1:16–18).
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