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Mateo capitulo 8

La Biblia de las Américas

Nueva Biblia de las Américas

Nueva Versión Internacional

Reina-Valera 1960

Biblia del Jubileo

¿Qué significa Mateo capitulo 8?

Después de completar su informe sobre las enseñanzas de Jesús durante el Sermón del Monte (Mateo 5:1–2), Mateo comienza a hablar sobre la autoridad que Jesús tenía sobre las enfermedades, los demonios e incluso el clima. En lugar de contar la historia del ministerio de Jesús en un estricto orden cronológico, Mateo agrupa los milagros de Jesús en una serie de historias, comenzando con este capítulo. El tema de los milagros se extiende hasta el capítulo 11, capítulo en el que enfoque pasará a centrarse en las enseñanzas y las parábolas de Jesús.

Primero, a Jesús se le acerca un hombre aquejado de algún tipo de enfermedad de la piel. Los términos griegos que se usan son palabras que forman parte de la etimología de la palabra "lepra", aunque originalmente se referían a una amplia gama de condiciones dermatológicas diferentes. De hecho, esas personas no sufrían las consecuencias de sus enfermedades únicamente, sino que también se les prohibía formar parte de la vida pública, ya que se les consideraba como personas que ceremonialmente impuras. Con una gran fe, humildad y valentía, el hombre se arrodilló ante Jesús y dijo que él podía curarlo si él quería. Jesús tocó al hombre, aunque la ley dijera que tocar a un leproso hacía que una persona se volviera impura. En este caso, sin embargo, el leproso se curó inmediatamente. Jesús le ordenó que se presentara ante el sacerdote para que declarara que ya estaba limpio, y que no le dijera a nadie lo que había sucedido (Mateo 8:1–4).

A continuación, en Cafarnaún, la ciudad natal adoptiva de Jesús, los mensajeros de un centurión romano se le acercaron a Jesús (Lucas 7:1–10). Los centuriones eran oficiales militares que estaban al mando de varios cientos de hombres. El sirviente del oficial estaba paralizado, sufriendo mucho y estaba a punto de morir. Jesús aceptó ir a la casa del centurión para curar al hombre, pero el oficial romano dijo que no era digno de tener a Jesús en su casa. En cambio, dijo que Jesús solo necesitaba decir una palabra para sanar a su siervo (Mateo 8:5–8).

El centurión comparó la autoridad que Jesús tiene sobre el mundo natural de la biología humana con la autoridad que él tenía siendo un oficial romano. El centurión servía a unos y era servido por otros. Si él decía algo, normalmente se cumplía. él sabía que Jesús podía hacer lo mismo con el mundo. Jesús se maravilló de la gran fe del hombre, aunque era un gentil, y dijo que no se había encontrado con una fe igual en todo Israel. Jesús le enseñó a la multitud que muchos gentiles estarán en el reino de los cielos, junto con Abrahán y los patriarcas. Sin embargo, no todos los israelitas estarán allí. Lo importante no es la etnia o la cultura, sino la fe en Jesús (Gálatas 3:28–29). Jesús dijo la palabra, y el criado del hombre se sanó inmediatamente (Mateo 8:9–13).

Luego, Jesús fue a la casa de Pedro y curó a la suegra de Pedro de una fiebre. Después, se pasó la tarde sanando a muchas personas enfermas y expulsando demonios. Mateo conecta esto con una declaración que se encuentra en Isaías 53:4, un versículo que forma parte de una larga descripción que trata sobre el ministerio terrenal que llevaría a cabo Mesías (Mateo 8:14–17).

Entonces, Jesús cruzó el Mar de Galilea. Dos hombres se acercaron a él y le dijeron que querían seguirlo. El primero, un escriba, dijo que estaba dispuesto a seguir a Jesús. Cristo respondió diciéndole que seguirlo no le traería ningún tipo de fama, fortuna, riqueza o poder; esta respuesta de Jesús pareció implicar que el hombre en realidad estaba buscando prestigio, no la verdad (Mateo 8:18–20).

El otro hombre dijo que tenía que enterrar a su padre antes de seguir a Jesús. Lo más probable es que dijera que tenía que esperarse hasta que su padre muriera; o también podría haberse referido a la costumbre judía que consistía en enterrar los huesos de un ser querido un año después de que ocurriera su primer enterramiento. Nuevamente, Jesús respondió de tal manera que desafió las suposiciones de ese hombre. En este caso, el hombre quiso retrasar el hecho de seguir a Cristo hasta que llegara el momento más conveniente de acuerdo con su perspectiva. Jesús dijo que el hombre no debía esperarse, sino que debía "dejar que los muertos entierren a sus propios muertos" (Mateo 8: 21–22).

Luego, Jesús se subió a una barca con Sus discípulos para escaparse de la multitud, descansar un poco y navegar hacia el otro lado del Mar de Galilea. Mientras Jesús dormía, se desató una tormenta repentina y violenta. Las olas comenzaron a llenar el barco de agua. Esta tormenta tuvo que ser bastante grande dado que había pescadores experimentados entre los discípulos de Jesús que comenzaron a temer por sus vidas. Entonces, despertaron a Jesús y le pidieron que los salvara. Jesús les pregunta por qué tenían tan poca fe e inmediatamente detuvo la tormenta dándole una orden al viento y a las olas. Los discípulos se quedaron asombrados y se preguntaron a qué clase de hombre estaban siguiendo (Mateo 8:23–27).

Cuando la barca llegó al otro lado del lago, Jesús se encontró con dos hombres endemoniados. Este relato también se describe en Marcos 5:1–20. Los demonios lo reconocieron y afirmaron que Jesús era el Hijo de Dios. Entonces, Jesús los arrojó a una gran manada de cerdos (Marcos 5:13), la cual inmediatamente se precipitó al mar y se ahogó. La gente de la región tuvo miedo y le pidió a Jesús que se fuera de allí.
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